El amor es un instinto que aparece casi paralalelamente al inicio de la existencia. Conjunto de impulsos nerviosos y secreciones químicas. Experiencia trascendental que se buscará repetir, muchas veces con resultados nefastos. La experiencia del rechazo, el no ser correspondido ilustran esta situación. Momentos donde la vulnerabilidad se eleva a tal punto que las consecuencias podrían marcarnos de manera definitiva.
Es harto conocido el impacto que tienen los acontecimientos de la niñez y la crianza en nuestra personalidad. Los padres son fuente primaria de afecto y de futuros demonios. Existen también recuerdos más gratificantes. El primer enamoramiento, por ejemplo, que muchos atravesamos en la infancia. Seguro guardamos todavía la imagen del rostro que, en ese tiempo, contemplábamos inocentes y tímidos.
Navegamos esas memorias y el amplio espectro de emociones que generan. Recuerdos que se suceden, uno tras otro, como fotografías de un álbum. Billy Brown (Vincent Gallo) revive su historia. Ejercicio que, tristemente, está lejos de ser reconfortante. Una serie de golpes que le llevan a levantar múltiples barreras y vestir una armadura que le impide recibir la calidez que necesita.
Su fuerza vital se alimenta de la aflicción y el rencor, de la búsqueda de una venganza tan fácil como absurda. En un intento desesperado por reclamar el cariño y aprobación de sus padres, secuestra a Layla (Christina Ricci), una joven mujer que, pese al acto atroz y violento que Billy perpetra, se permite ver más alla de los peligrosos mecanismos de defensa del secuestrador, a tal punto que una disculpa zanja el asunto.
Layla acoge a Billy desde el principio. Le ofrece una mirada llena de ternura y encanto, que para él se presentan como experiencias novísimas a las cuales no sabe responder sino con reserva y agresividad. Nos cuestionamos también los límites de la paciencia de Layla que, aún así, decide quedarse. Por medio de la atención y dulzura que le entrega, consigue despojar a Billy, progresivamente, de su armadura y así dar con el núcleo más sensible y encantador de su personalidad.
Vivimos en un tiempo en que el desapego ha sido enaltecido como el valor fundador de los vínculos: renunciamos con facilidad ante la adversidad. La constancia se percibe como dependencia emocional. Las relaciones humanas caen en la lógica del consumo de mercancías que, en caso de no satisfacer las expectativas, son desechadas.
Buffalo 66' presenta un relato que podría asumirse como romantización de la violencia, pero es también un llamado para la revaloración de la ternura y el afecto como elementos dignificadores y re-humanizantes.
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