Para Tania.
Russell es introvertido, de semblante melancólico, en parte debido a un entorno que no le permite expresar su auténtico ser, lo cual va más allá de ocultar su verdadera identidad sexo-genérica. Escribe pacientemente su relato, línea por línea, con la esperanza de desenmarañar su interior y florecer.
Glen, en contraste, es arriesgado e impulsivo. Parece conocer con más certeza el destino que quiere forjar. Se arroja al mundo en una constante búsqueda de experiencias. Consumo frenético que, en algún punto, se conjugará en su obra: una colección de sus varios encuentros sexuales. El testimonio, en voz propia de sus acompañantes, es recopilado con su grabadora una vez terminado el acto.
En un inicio, no existe magnetismo. En cierto modo, su encuentro es no deseado, por lo que suscita en ellos varias resistencias. Carentes de convicción e incapaces de renunciar a los vicios de sus personalidades, deciden al menos no ser casuales. Al poco tiempo, logran conectar.
En el Otro, encuentran la versión de sí mismos que no desean sacar a relucir. Glen, consciente de futuros acontecimientos, intenta no involucrarse del todo y es quien más tarda en levantar sus barreras. Russell, por otro lado, supera el escepticismo inicial con toda la intención de dar con la faceta más noble de su amante.
Se constituye un vínculo vivido con mucha intensidad. Apenas logran dominar la abrumadora energía resultante. En este punto, será imposible evadir las marcas que les dejará el haberse permitido ser vulnerables. La brevedad de la relación exalta la amplia gama de emociones que genera el enamoramiento.
Habitan un mundo atemorizado por la amenaza que le representan. Incapaces de elevar su conexión, terminan por reproducir la misma lógica opresora que les ha sometido todo este tiempo. Se desvanecen lentamente en sus respectivos horizontes, voltean a ver por última vez y finalmente desaparecen.



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